Casco Histórico de Zaragoza (Casco Viejo)

Las coordenadas geográficas de Zaragoza son: longitud, 2° 48′ 29″ oeste; latitud, 41° 39′ 24″ norte; altitud, 200 metros sobre el nivel medio del mar en Alicante. La superficie del término municipal, 1.059,94 km2.

Un complejo estudio astrológico aventura la fundación de Cesaraugusta el día 14 de diciembre de un año comprendido entre el 27 y el 19 anterior a Cristo, a la salida del sol.

Lo explicaría la cuádruple conjunción de tres planetas lentos: Júpiter, Marte y Saturno, con la activa Régulus, estrella principal de la constelación Leo, momento optimo elegido por el augur, tras considerar el valor estratégico del solar elegido por licenciados de las legiones: IV Macedónica, VI Victrix y X Gémina, al término de las guerras cántabras.

Un punto cercano al cruce de las calles Espoz y Mina y Don Jaime I, en las inmediaciones del museo Camón Aznar, sería el elegido para ser centro de la ciudad romana, que siguió la planta rectangular y división octogonal propias de los campamentos legionarios. Cardo Máximo y Decumano Máximo, vías principales, equivaldrían hoy a las calles Don Jaime l —el cardo—, Espoz y Mina y Mayor —el decumano—.

Las puertas del recinto romano, documentadas en los siglos XII y XIII, se llamaron del Puente, más tarde del Ángel, al norte; Cineja, al sur; Toledo, al oeste, y Valencia, al este. Desaparecieron en la centuria pasada.

Zaragoza será lo que fue Cesaraugusta, una extensión de cincuenta hectáreas, coincidente prácticamente con lo que hoy llamamos casco romano, hasta el siglo XIII, rodeada por la muralla que se levantó en el siglo III. Medía tres mil metros, alternándose en ella lienzos de muro liso con torres de planta ultrasemicircular; hasta 120 torres en la época de Juan II, rebasada la segunda mitad del siglo XV.

Algunas de esas torres siguen en pie; próximas, unas, al Mercado Central; formando parte, otras, del convento de Canonesas del Santo Sepulcro.

Primeros cambios en la ciudad de Zaragoza

La primera transformación de la ciudad romana, del Casco, sigue a la apertura de la calle Nueva, trenque en la muralla que tendrá salida al extremo meridional de la plaza del Mercado. En el cuadrante suroeste se levantan tres palacios —Argillo, Fortea y Fuenclara—, que hoy conocemos.

La expulsión de los judíos y, más tarde, la de los moriscos supondrán reformas considerables en el cuadrante sur-este.

La Compañía de Jesús fundará su colegio sobre las ruinas de la sinagoga. Se gesta la creación de un «Barrio Nuevo» y allí construye Gil Morlanes el palacio de la Infanta. Las sucesivas pestes que asolaron la traza romana aconsejarán a la nobleza el paulatino abandono del recinto amurallado, anunciando lo que será el declive del viejo solar.

En los siglos XVI y XVII, La Seo y su entorno se consolida como el centro religioso y espiritual de la ciudad; no en vano, cerca de la catedral, se encuentra el Palacio Arzobispal, la parroquia de la Magdalena, la iglesia de San Nicolás y el convento del Santo Sepulcro. Será una zona de lenta evolución. También, centro político; a un paso de La Seo se halla el Gobierno Civil y, enfrente de éste, el Concejo. Y mercantil, pues la Lonja se inaugura el 15 de noviembre de 1551, obra que culmina la Zaragoza renacentista.

Cuarenta y siete años antes, en 1504, comienza a edificarse una de las obras que más calará en el pueblo, aún hoy motivo de orgullo y lamentación: la Torre Nueva, derribada hace ahora más de cien años.

Torre Nueva (Zaragoza)

La vieja Torre Nueva, Inmolada por la influencia de los temerosos, arrebatada al acervo artístico de Aragón y lamentablemente destruida para la curiosidad del turismo.

Y en la misma centuria, Zaragoza se dotará de Casa de Comedias, allí donde se localizaban los graneros, en lugar próximo al que ocupara el Teatro Romano, cuyas ruinas se descubrieron no hace todavía dos décadas. Francisco de Goya pintó el incendio de la Casa de Comedias, acaecido el 12 de noviembre de 1778, durante la representación de una compañía lírica italiana.

El casco romano no alterará su fisonomía en un buen período de tiempo, si bien debe reseñarse el inicio, en 1680, de las obras del actual templo dedicado a Nuestra Señora del Pilar, en el lugar que la tradición localiza una primitiva capilla, no documentada, que construirían los primeros convertidos.

Siglo IX

En el siglo IX, sí que hay constancia de iglesia dedicada a Santa María la Mayor y en el siglo XII, de un templo de estilo románico que, tras un incendio, se reforma a gótico, manteniéndose Santa Capilla fuera de estos recintos. Con el nombramiento de Francisco de Herrera, «El Mozo», empieza la construcción del Pilar propiamente dicho, al menos de los cimientos.

Los paulatinos avances de las obras irán convirtiendo al Pilar en otro de los lugares principales de Zaragoza, como el cercano de La Seo, sólo que mientras en éste todo era bullicio y algarabía, en el otro se respiraba paz y sosiego.

Variaciones de menor fuste entre los siglos XVIII y XIX son la desaparición de la iglesia de San Lorenzo, surgiendo en su lugar la plaza San Pedro Nolasco. La degradación del barrio se hace preocupante. Una medida vendrá a contener parcialmente el deterioro, la apertura de la calle Alfonso I, idea que llevó a cabo el alcalde Antonio Candalija.

Las primeras obras se realizaron en 1866, aunque no quedara urbanizada en su totalidad hasta 1918, con el edificio de El Águila, sede hoy de una sucursal bancaria. La burguesía volvió al casco romano y Alfonso I y aledañas adquirieron la condición de comerciales, condición que, incluso desarrollada, siguen manteniendo en la actualidad.

Este proyecto de enlazar el Coso con el Templo de Nuestra Señora del Pilar tardó en madurar pocos años, apenas una docena. Otro de similar envergadura, prolongar el entonces paseo de la Independencia, no gozo del entusiasmo de los zaragozanos.

Siglo XX

En 1909 el alcalde, Antonio Fleta, volvió a plantear algo que andaba en mientes medio siglo atrás; convocado el oportuno concurso, quedó desierto. En años posteriores se sucedieron los proyectos —algunos relativamente recientes—, proyectos que quedaron en los cajones del olvido.

Barrio de San Pablo

Tiene razón el barrio de San Pablo en ser orgulloso. «Bautizado en la parroquia del Gancho» es el añadido que, a modo de título de nobleza, sus vecinos esgrimen cuando son preguntados por su origen. No les falta motivo.

San Pablo es, cuando concluye el siglo XII, y consecuencia de la conquista de Zaragoza, el primer núcleo urbano que se desarrolla extramuros del casco romano. Artesanos y labradores serán el fundamento del barrio. Crecerá con rapidez; ya en el siglo XIV, la tercera parte de la población de Zaragoza habita en este arrabal.

Mediado el siglo XVII, la Parroquia de San Pablo tiene 10.000 feligreses y, en lo referido a extensión urbana, es la mitad de Zaragoza, aproximadamente medio centenar de hectáreas. El censo de 1723 dirá que, todavía, San Pablo acoge al 38% de los Zaragozanos, más de once mil. La realidad actual nos habla de dieciocho mil habitantes, con más mujeres que hombres —4% de diferencia—, sin el carácter influyente de antaño, pero con gran interés en recuperar el tiempo perdido.

A propósito, el «gancho» no es tal, sino una hoz. Uno puede pensar que alguien quiso dignificar tal apero y lo incrustó, a modo de remate, en el estandarte parroquial; una hoz, sí, ¿acaso los druidas celtas no la llevaban al cinto?

Sin llegar a usar lápiz y cartabón, o tal vez sí, en San Pablo se dio un atisbo de urbanismo. Boggiero, San Pablo, San Blas, Armas, Casta Álvarez y Predicadores, con las denominaciones de otrora, crecieron con sentido moderno: serán de cierta longitud y guardarán un armónico paralelismo. Arrancaron de la vieja plaza del mercado. En realidad es el mercado, entendiéndose como transacción comercial, no como edificio, que, lógicamente, no existía quien dará origen a San Pablo.

Algunas de las casas más antiguas de Zaragoza siguen allí, casas con siglo y medio, tal vez con más años, sobre sus cimientos. Ejemplares hay que conservan incluso el reparto de volúmenes con arreglo a un modo de vida desaparecido en la gran ciudad. La Posada de las Almas, fundada en 1705, reformada en lo accesorio cuando ha sido preciso para mantenerse útil en su cometido sustancial, es el hospedaje más antiguo de la ciudad.

La degradación de San Pablo ha intentado contenerse en varias ocasiones, aunque no con resultados espectaculares. Tal vez la primera fuera con la construcción del colegio de las Escuelas Pías, que se inició en 1736. El actual mantiene de la época la iglesia, dedicada a Santo Tomás de Aquino, el patio interior y poco más.

La segunda puede concretarse al comienzo de este siglo, cuando, en 1915, se acomete la apertura de la calle Conde de Aranda, pues la expansión democrática exige una comunicación acorde con los tiempos entre el Coso y el Portillo. Y es el actual otro momento que intenta rehabilitar San Pablo. La intervención municipal en sus calles es notoria, aunque sabido es la dificultad que entraña trabajo de tal magnitud.

Y es San Pablo lugar de acogida. Gentes venidas de fuera eligieron este barrio como el primero de sus domicilios; así ocurrió a comienzos de la década de los años cuarenta, y así sucede en la actualidad, con la emigración asentada en sus, a veces, insalubres viviendas.

Hay en San Pablo más de una forma de vida. Es la plaza de Santo Domingo limite de, al menos, dos de esos modos que conviven en el barrio. Parece lejano aquel tiempo en que Ayuntamiento y Juzgados eran la vida de la calle Predicadores. El traslado de uno y otros, y la supresión del Mercado de Pescados fueron sentencia desfavorable de la que cuesta rehacerse. No hay mal que cien años dure y, hoy, la plaza de Santo Domingo es imagen saludable del futuro que se desea para todo el barrio.

Fue atinada la recuperación del Mercado de Pescados tras un abandono de treinta años y haber servido ese tiempo como almacén. Va para diez que se llevó a cabo la adecuación del edificio para teatro, simultaneando esta actividad con el cine pues desde hace pocas semanas es lugar de actividades de la Filmoteca.

La transformación del antiguo Ayuntamiento en instituto, el Luis Buñuel, y otras obras, como la que mejoró ostensiblemente la emblemática Casa Amparo, han corregido la trayectoria desalentadora de Predicadores, vigilada hoy, en su inicio y desde enfrente, por la broncínea mirada del fundador de Zaragoza, César Augusto, entre ese ambiente de arcos triunfales, pedestal negro de Calatorao y batracio surtidor.

Predicadores, además, es prolongación de ese ambiente de algarabia y noche que se instaló en el entorno de la vecina plaza del Justicia, de elevada densidad de cafés y bares por kilómetro lineal.

Al oeste de la plaza Santo Domingo ha quedado trazada otra versión de San Pablo acorde con la Zaragoza que crece y se prolonga hacia La Almozara —cada vez menos química— y el Actur.

Aunque un desordenado crecimiento haya deteriorado, hasta un límite de difícil retorno, la que fuera iglesia del convento de las carmelitas descalzas; hoy, la iglesia de las Fecetas, que así era conocida la comunidad, bordea la ruina sin que se haga algo por evitarlo.

La calle Conde de Aranda queda abierta, así ha quedado escrito, en la segunda década del siglo XX. Dividió en dos partes el que de antiguo fue territorio parroquial de San Pablo. Al sur de aquélla, también dos zonas bien delimitadas. Una, el triángulo que tiene por vértices: Portillo, Santiago y el punto de confluencia César Augusto Conde Aranda-Coso; se aprecia claramente que era prolongación natural del barrio original calles estrechas, irregulares, de viejas construcciones. Otra, el resto de ese sector, con dos lugares de mayor poso: el Portillo y el Campo del Toro.

Iglesia de Nuestra Señora del Portillo

El templo de Nuestra Señora del Portillo, es, en esencia, un edificio barroco que la invasión francesa destruyó en gran parte por estar inmerso en la muralla. En el cuerpo central del retablo, la imagen gótica de la virgen, de alabastro policromado, de escasas dimensiones pues mide, sin peana, veintitrés centímetros de altura. A la derecha del presbiterio se encuentra la capilla de las Heroínas, de tres de ellas; Casta Álvarez, Manuela Sancho y Agustina de Aragón.

Plaza del Portillo

En la plaza, frente a la iglesia, el monumento a «Agustina Zaragoza y las heroínas». Lo hizo Mariano Benlliure, que trató en dos relieves las efigies de las seis heroínas que ha recogido la historia, las tres que están sepultadas en la capilla y Josefa Amar y Borbón, condesa de Bureta y María Rafols, que no es otra que la Venerable Madre Rafols, fundadora de la congregación de las Hermanas de la Caridad «Santa Ana».

Esto nos lleva a desplazarnos, atravesando la glorieta Aznárez, hasta la que es casa principal de este instituto, que acoge en sus dependencias un particular museo de los Sitios, pues las Hermanas de la Caridad se distinguieron notablemente en aquellos duros días de 1808 y 1809.

Plaza de Toros de Zaragoza

En el que siempre fue conocido campo del Toro se construyó la plaza de lidia del mismo, a instancias de Ramon Pignatelli, para, con los ingresos que reportara, ayudar a mantener la Casa de Misericordia. Se hizo en madera este primer coso taurino de Zaragoza inaugurado en 1704. En el siguiente se empleo ladrillo y en la tercera versión entró la piedra.

La reforma definitiva es del siglo XX, de 1916: se ampliarán tendidos, se embellecerán portada y antepechos, además de otras obras. Más reciente queda, el añadido de una cubierta que impedirá suspensiones en días de lluvia, pero que elimina de raiz algunos postulados taurinos.

No, no ha conseguido todavía el Pignatelli —bien es verdad que no ha transcurrido un tiempo importante desde que allí se instaló el órgano administrativo aragonés— desplazar el centro de gravedad ciudadano sito hoy en el eje de la plaza del Pilar-plaza de Paraíso. Ni siquiera el edificio ha quedado exento.

Tampoco el entorno ha mejorado en la medida que sería deseable realzar esta fábrica inherente, por traza e historia pretérita, al perfil de Zaragoza y al subconsciente de los zaragozanos.

Se ha escrito hasta ahora de lo periférico. Adentrándonos en la parte más antigua de la prístina parroquia de San Pablo, acaso en el limite, la, desde 1902, parroquia de Santiago, antes convento de San Ildelfonso, otra de las fundaciones de la Orden de Santo Domingo, llevada a cabo en 1603.

Imponente fábrica del primer barroco, no toda data de la época. La cúpula actual reemplazó a la destruida por un rayo en 1860. Restaurada entre 1964 y 1965, se recubrió con tejas vidriadas, al modo de las de la catedral de Nuestra Señora del Pilar.

Posteriores son los cuerpos que rematan las torres, añadidos por Fernando Chueca Goitia hace veinte años. En el brazo derecho del crucero se halla el sepulcro del cardenal Jerónimo Xavierre, quien el veinticuatro de mayo de 1583 diera la primera lección de la Universidad de Zaragoza.

Cercano a Santiago, el Real Hospital de Nuestra Señora de Gracia, en realidad de convalecientes. La iglesia y algunos pabellones son de final del siglo XVII; aquélla tiene planta de cruz griega. En el retablo, gran lienzo de José Luzán, maestro de Francisco Bayeu y Francisco de Goya.

Son muchos los zaragozanos que recordarán la manzana Escuelas Pías-Cerdán, derribada en beneficio de trazar una vía, la que hoy es avenida César Augusto, para canalizar el tráfico que entrara en Zaragoza por el puente Santiago. Aquel derribo se completaba con el traslado de lugar del Mercado Central y de la Puerta del Carmen; quedaron donde estaban porque se hizo ostensible una oposición radical. Aquel inmenso espacio tardó tiempo en tener tratamiento adecuado.

Menos vecinos recordarán la idea de levantar en ese lugar, frente a la Audiencia, un monumento ecuestre a la memoria de José Palafox. La ciudad está escasa de monumentos de fuste. Ecuestres no hay ninguno, pues no es lógico incluir los Jinetes de Gargallo entre los de esa condición. La idea se traspapeló o cayó, directamente, en el cesto de los papeles, aunque hubo quien trabajó en ella: existe el boceto de un posible monumento a Palafox, a caballo, que hizo Pablo Serrano. ¿Qué fue del impulso inicial? Palafox está mal tratado en Zaragoza: su casa, en el casco romano, está en venta, en estado de deterioro tal que hace costosísima su recuperación, y tampoco cabalga frente al palacio de Pedro Martínez de Luna.

Esto nos conduce a Pablo Serrano. Su museo, cercano a los lugares que estamos pisando, no termina de tomar el camino definitivo. Empezado a construir en unas naves que eran ampliación del Hogar Pignatelli, en el paseo María Agustín, el fin no llega lo que puede dar al traste con la pretensión de mantener en Zaragoza su legado.

Oasis Club Teatro

Más de un siglo lleva el Oasis en su sitio, en el número veintiocho de la calle Boggiero, sobreponiéndose a los achaques de una vida que no entiende de romanticismos. Ricardo Valero fue el creador de local tan querido de zaragozanos y foráneos. Le obligaron a cumplir normas absurdas o a cambiarse de nombre; así, ha sido: Royal Concert, Real Concierto —hazañas de la dictadura primorriverista— El Royal y, por obra y gracia de un periodista, Pablo Cistué de Castro, Oasis, nombre con el que desde 1942, forma parte de la fisonomía urbana. Cuentan los que allí estuvieron que el catorce de abril de 1931 se cantó el Himno de Riego y La Marsellesa. No era para menos.

El Oasis ha surtido de artistas al espectáculo nacional y de un cabezudo a las fiestas de Zaragoza. La Bella Dorita, Estrellita Castro, Lita Claver,… aquí empezaron o por aquí pasaron antes de alcanzar el estrellato, incluso el legendario Miguel de Molina; esto, por lo que respecta a la primera de las apreciaciones. Respecto a la segunda, ¿quién no recuerda a Pilar, la cómica compañera de Susepet, que, con atavíos charlestonescos, fue convertida en cabezudo de la comparsa?

Esta Zaragoza que creció a la sombra de tan majestuosa torre como es la de San Pablo, tuvo lupanar en lo que hoy es confluencia de Aben Aire e Infantes. El aumento de población, en el siglo XV, obligó el traslado del mismo a zona aislada, al Campo del Hospital, al triángulo que definen las calles Cerezo, Pignatelli y Zamoray. Nada nuevo bajo el sol.

Barrio de la Magdalena de Zaragoza

Aguas abajo del Ebro, extramuros del casco romano, fue tomando cuerpo el barrio de la Magdalena, que crecerá sobre la vieja judería, amplio solar de trazado complejo, con callejuelas y más callejuelas. Será la parroquia Baja, por oposición a la Alta —San Pablo—, atendiendo estos términos, Alta y Baja, a situación geográfica y no a preeminencia, aunque si sostuvieron rivalidad.

Conviene aclarar en este momento que, si bien La Magdalena estaba intramuros, la población asentada frente a ella y que, en el siglo XIII, se extiende hacia la Huerva, lo hace sobre territorio que se considerará de esa parroquia.

Había, pues, dos Magdalena, la de dentro y la de fuera de la muralla; ésta, la que hoy se identifica con Coso Bajo y Asalto. Y si San Pablo era la parroquia del «gancho», La Magdalena será la del «gallo», por el remate de la veleta de la no menos excelente torre mudéjar.

Menos poblada La Magdalena que San Pablo, tendrá una acusada personalidad basada, primero, en las gentes artesanas y agrícolas que la poblaban; de nuevo estilo, en siglos posteriores, cuando coincidan Universidad y el colegio de la Compañía de Jesús en la iglesia de San Carlos, apoteosis del barroco.

Un catedrático de arquitectura que visitó Zaragoza dijo que ésta tuvo la desgracia de encontrarse con Napoleón, que todavía la ciudad está lastrada al haber sido destruida en buena parte у reconstruida al momento sin atender a pautas y cánones. Buena muestra del furibundo ataque francés es este sector que nos ocupa, esta Magdalena extramuros que tuvo en los conventos San Agustín y Santa Mónica, de agustinos y agustinas observantes, respectivamente, los edificios más relevantes y de los que apenas quedan resquicios.

De San Agustín se conserva la fachada de ingreso, uno de los muros laterales y una de las torres de la iglesia, inmortalizada en «La defensa del púlpito de San Agustín», que pintara Álvarez Dumont y que se puede ver en el museo de Bellas Artes. Era de un severo barroco.

El de Santa Mónica quedó destruido en gran parte con la sitiada. Se reconstruyó la iglesia, aunque sólo la fachada, alterada, es original. Peor es que algo de lo que quedó en pie fue derribado hace años sin atender a otros motivos que no fueran satisfacer necesidades del de nueva planta. Se localiza en la calle Palomar. Lo escribimos de la calle San Pablo y cabe decirlo parecido de la calle Arcadas y aledañas, se encuentran algunas de las viviendas familiares más vetustas de Zaragoza, con siglo y medio, si no más, viendo correr el agua del Ebro a sus espaldas.